El 17 de junio de 2026, el memorando de entendimiento entre Donald Trump y Masoud Pezeshkian se presentó como el cierre de la guerra de 2026 con Irán. Ocho días más tarde, el 25 de junio, según Al Jazeera, un dron atribuido a Irán impactó el puente de mando del M/V Ever Lovely, un carguero de bandera de Singapur que salía del Estrecho de Ormuz: daños materiales, ningún herido. Trump describió el episodio como "una tonta violación de nuestro acuerdo de alto el fuego", en declaraciones recogidas por PBS NewsHour.
La reacción no guardó proporción con el daño a un barco. El 26 de junio, informó NBC News, fuerzas de Estados Unidos y el CENTCOM atacaron depósitos de misiles y drones iraníes y posiciones de radar costero a lo largo de Ormuz y de la isla de Qeshm. Al día siguiente, el 27 de junio, la Guardia Revolucionaria (IRGC) afirmó haber golpeado sitios vinculados a Estados Unidos en el Golfo y lanzó drones contra Baréin, con una advertencia citada por TIME: "Si la agresión se repite, nuestra respuesta será más amplia". El vicepresidente JD Vance publicó que "la violencia será respondida con violencia", mientras la cancillería iraní acusaba a Washington de violar la Carta de la ONU y el propio memorando. Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Egipto, Arabia Saudita y Qatar condenaron los ataques sobre Baréin.
Los mercados reaccionaron con más distancia que las cancillerías. El 26 de junio, según CNBC, el Brent para entrega en agosto cerró con una baja cercana al 4,3%, en torno a los US$71,99, y el WTI alrededor de US$69,23, mientras los petroleros volvían a salir por Ormuz. La señal de los precios fue clara: los operadores apostaron a que el corredor seguiría abierto, no a que la guerra regresaba.
Conviene leer la secuencia en frío. Una tregua firmada el 17 y puesta en duda el 25 por el daño a un solo casco, sin víctimas, ofrece un pretexto barato para una operación militar de alcance mucho mayor el 26. En términos de teoría de juegos, lo relevante no es quién tiene razón sino quién se beneficia del orden de las jugadas: el incidente del Ever Lovely opera menos como casus belli que como permiso. Quien firma un alto el fuego que no piensa sostener compra tiempo y posición, y traslada el riesgo a terceros, aquí a las tripulaciones de los buques y a las poblaciones del Golfo bajo los drones.
Debajo de los misiles hay una disputa por dinero. El memorando, según TIME, restableció el tráfico con paso seguro "sin cargo" durante 60 días mientras avanza el desminado, pero Irán insiste en cobrar "tarifas" de navegación, reportadas en torno a US$2 millones por buque, y Trump sostiene que la vía será "permanentemente libre de peajes". La diferencia no es menor: por Ormuz pasa cerca de un quinto del petróleo mundial, de modo que el derecho a cobrar por cada cruce equivale a una renta sobre la energía global. Especialistas en derecho marítimo, citados por TIME, advierten que cobrar por el mero tránsito de un estrecho usado para la navegación internacional es incompatible con el derecho de paso en tránsito.
Ahí se aclara a quién mira cada potencia y quién carga con la cuenta. La retórica de ambos lados habla de seguridad y de soberanía; el incentivo concreto es el control de un peaje sobre un flujo energético que cruza un punto que ningún Estado ribereño construyó. El casco averiado y los radares destruidos son el ruido del ciclo; la pregunta que lo sobrevivirá es quién fijará el precio del paso y quién lo pagará, buque por buque, en las facturas de los pueblos que consumen ese crudo.